Aquel sol, poema
Aquel sol, poema
El joven sol, de corazón
brillante y cándido,
sentía arder la rabia que no
era de su ser,
pues cada noche el eco de un
estruendo gélido
se alzaba en el firmamento
sin un amanecer.
Su luna, fina y frágil, creyó
que era por ella
que el astro se encendía en
un rubor feroz,
sin ver que su batalla era
contra la centella
de un destino absurdo y de
una vida sin voz.
La fiesta familiar, un
huracán de sombras,
de gritos sin sentido y de
licor amargo,
templaba la furia que en su
pecho se asombra,
mientras ella, sin entender,
se alejó del letargo.
La luna huyó por miedo a un
sol que no entendía,
y él se quedó solo con su
dolor callado,
con la ira de una estirpe que
no le pertenecía,
por un amor que creyó haber
sido abandonado.
El sol, joven e ingenuo, de dorado fulgor,
sentía en sus entrañas un furioso vaivén;
no era contra su luna el hirviente clamor,
sino contra una estirpe de caótico edén.
La fiesta familiar, huracán sin razón,
con borrachera loca y triste descontrol,
sembraba en su alma la amarga desazón,
oscureciendo el brillo que llevaba el sol.
La luna, sin saber la verdad oculta,
vio solo en su rostro la ira que sintió;
pensó que su amor era la causa de la multa,
y en la distancia, su luz se desvaneció.
El sol templó su ira, mas la perdió al final,
en un adiós forzado y sin querer, fatal.
La luna huyó por miedo a un sol que no entendió,
creyendo que su ira era un castigo cruel;
el sol, en su dolor, a solas se quedó,
con la rabia de un eco sin serle fiel.
La causa primera fue un hogar de locura,
donde el desorden era el rey y el señor;
la causa última fue la triste amargura
de un amor que se esfumó por el temor.
El sol, sin su luna, el firmamento herido,
perdió la calma, y el caos lo invadió;
su brillo se hizo sombra, su verso, un gemido,
por la verdad que su amada nunca vio.
Así, dos almas cósmicas en dolor y quebranto,
vivieron separados, en lamento y en llanto.
Fernando José Padilla donfjp
fjp

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