El Sacrificio del Sol Alquimista, cuento


 

El Sacrificio del Sol Alquimista, cuento

 

En un rincón olvidado de la vasta galaxia, un sol, conocido por su brillo eterno, se encontraba atrapado. Un velo de oscuridad lo había cubierto, dejando sus rayos sin poder. El sol, prisionero en un cielo sin luz, clamaba por la luna, con amarga voz. Sus rayos, que una vez calentaron planetas, se apagaban como una vela que muere. El universo entero, su tristeza compartía.

Pero su lamento se ahogaba en el eco de su propia soledad. La luna no respondía. El anhelo se pudrió en su núcleo y se transformó en una ira incandescente. El sol, que una vez fue el símbolo del amor incondicional, se llenó de un ardiente resentimiento. Sus rayos, que se habían apagado por tristeza, ahora se encendían con el fuego de la traición.

El sol, ahora un maestro alquimista de la rabia y el dolor, comenzó a procesar su amargura. No teniendo la dirección de la luna, se escribía a sí mismo una serie de cartas maniáticas y de locura. Las lanzaba al vacío del espacio, solo para que la fuerza gravitacional de su propia desesperación las atrajera de vuelta a su núcleo, en un ciclo eterno de rabia y lamento.

En sus meditaciones, el sol no solo vio su furia, sino que también desenterró un recuerdo doloroso. Recordó el momento en que preñó a la luna con la luz de sus rayos. No fue con un calor suave, sino con una emisión de fuego con las palabras. La luna se asustó por la furia, se alejó del sol y se llevó consigo la esencia de su unión. El sol comprendió que el agua de la luna, ahora dispersa en la naturaleza, era lo único que podría templar su espíritu y sanar su tormento.

 

En su búsqueda, el sol se percató de que la sanación no se encuentra en el pasado, sino en el presente. A través del abandono de la luna, aprendió a ser un artífice templado como Vulcano, no iracundo. Con su alma ahora transformada, encontró un nuevo propósito en un nuevo mundo: Venus. Las aguas de este nuevo planeta no eran un recuerdo doloroso, sino un elemento vibrante y fresco que se unió en perfecta armonía con su luz.

Mientras el sol sanaba su corazón, se dio cuenta de que él dejó de ser oro y se convirtió en una hermosa pirita. Había cambiado la inmortalidad por la redención. Por su parte, la luna, en su llanto y su plata al oír su llanto, hizo que naciera el invierno. Su tristeza, fría y solitaria, creó el ciclo de las estaciones, un eco eterno de su dolor.

 

El sol encontró un nuevo amor en Venus, pero su brillo, ahora finito, era un recordatorio silencioso de su sacrificio. La inmortalidad, que solo se logra con la plata pura, era un camino que él ya no podía caminar. La luna continuó su curso, solitaria y serena, un símbolo de una perfección inalcanzable, cuyo llanto dio origen a la nieve y el hielo, un recordatorio trágico del pasado que ambos dejaron atrás.

 

 

Fernando José Padilla donfjp fjp


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